Ladrillos acurrucados II.

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Siempre supe que estaba sola en esto…. Mis labios frente a mi poema, mis palabras arrastradas desde el interior.

Lo sé, lo he estudiado. Para cada uno la palabra “yo” es diferente: y mesa, pájaro, cuchillo… tantos ecos como vidas. Cada palabra es una célula, cada poesía una loncha de esa gran paleta poética. Un territorio ganado, un nacionalismo.

Pero es que a veces necesito hablar para explicarme las cosas a mí misma. No sé responderme si no me apalabro. Y me acurruco demasiadas veces junto a las palabras que quería oír.

Ladrillos de nuestros pequeños castillos encantados. Viviendas solitarias.

Y cuando no sé qué coño estoy haciendo con mi vida, escribo “no sé qué coño estoy haciendo con mi vida” o escribo “los senderos se convierten en serpientes” y hablo de cómo te quiero diciendo “te llevo del pescuezo y te beso a lengüetazos, intentando proteger de la forma que mejor sé nuestros contornos” o digo “beso el niño que llevas dentro, el que no está magullado por la vida”.

Y a veces no puedo evitar perderme en las palabras porque son tan bellas combinaciones que tengo que verlas escritas y expresarlas. La aspereza de los labios, el susurro de las sábanas, una sola gota, resuelta a no soltar nunca el abrazo de su grifo.

Una vez me dijo un amigo, que no era un amigo, que era alguien de quien estuve enamorada, que “la gran tragedia de los hombres es repetir siempre los mismo errores, porque para cada uno su vida es única y cree que lo podrá hacer de otro modo.” Y yo cada vez que escribo un poema, creo que digo la verdad. Hablo de esa rabia que siento solo yo. Descubro cosas nuevas que ya existen… para todos.

Y sé que, cada vez las cosas se hacen más y más pequeñas hasta desaparecer: la edad, el tiempo, la distancia. Gargantas infranqueables se cruzan sobre unas cuantas piedras secas.

Y mis tragedias son tan pequeñas como el punto sobre la i. Y el dolor del mundo tan numeroso como los sonidos. Y no sé si me parece curioso o me horroriza que después de la destrucción sólo queden las palabras.

Este poema ya no sabe qué decir: si existe por necesidad o por avaricia. Pero circulen, por favor, vayan circulando. Arranquen sus propias palabras y cortejen su decir. Aquí ya no hay nada que ver.

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