Un nuevo nombre para la opulencia

He de decir que a mí las navidades no me disgustan. Me atrae la idea del reposo después de un largo semestre, la reunión con personas que hace tiempo que no veo y que amo en la distancia, la noche más larga del año con su promesa lejana de una nueva primavera. Es un pequeño espacio de apertura para descansar, retirarse, lamerse las heridas, comer demasiado, mirar la felicidad.

Sin embargo, el otro día fui al centro a dar una vuelta y lo que vi sí me disgustó. No, lo explico de forma incorrecta, no me disgustó, me dio asco. Porque a mi la abundancia me gusta, sobre todo cuando es algo circunstancial, para una ocasión especial – cuando la mater familiae saca los manteles que tiene bordados hechos a manos por alguna otra matriarca anterior; cuando los niños decoran con bolas de anís la capa de kilos de azúcar innecesario de las galletas; cuando aderezas con gajos de naranja el atractivo diseño para el trozo de carne hecho al horno que siempre haces al horno, pero que esta vez tiene una importancia especial. Creo que una ostentación compuesta por detalles y esfuerzo puede estar en manos de todos: gente con dinero y gente sin dinero, personas en cualquier lugar y en cualquier momento. Es el añadir una flor seca a una carta, brindar con café como hace Tylor Meade en Coffee and Cigarettes, hacer una flor con el papel de plata de un bocadillo mientras te lo comes, decorar con piedrecitas tu balcón imaginario del recreo. Me encantaría preguntar cómo lo hacen en otras culturas, en otros momentos de crisis – o si hay un momento en que se deja de hacer. Porque estos detalles, estos lujos universales, son un tipo de subversión. Son un plantarle cara a lo establecido en cuanto a clases, roles y estatus para crear una delicadeza y una abundancia diferente.

No es lo que vi en el centro. Lo que vi en el centro era opulencia. Era una opulencia insultante, innecesaria. Recuerdo con claridad un escaparate en concreto: a rebosar de caramelos hechos de plásticos, aceite de palma, gelificantes y azúcares con decoraciones febriles y simbología importada. Era la opulencia que insulta – por el sencillo hecho de que para existir este tipo de opulencia de usar y tirar, exagerada, esperpéntica, tiene que existir la miseria. Para que alguien pueda comprar esas golosinas decoradas con un papá noel de plástico cubierto de purpurina por el módico precio de 5€ en una tienda de una calle emblemática del centro, tiene que existir un trabajador que tiene un sueldo insuficiente, fábricas distantes que contaminan ríos y pulmones con microplásticos, animales troceados, una línea sin fin de abusos y ridículas necesidades impuestas. ¿Cómo se podría aprender a distinguir entre la creación de una abundancia detallista, donde se implica la persona inscrita en sus circunstancias; y la opulencia impuesta, que se compra y se vende siguiendo las voraces normas del capitalismo? Ojalá tuviera la respuesta y no fuera solo la de, desde mi comodidad, optar por rechazar e ignorar.

Foto de la opulencia del otoño de Bagan Mundo

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